sáb

08

ago

2009

"Más vale encender una vela, que maldecir la oscuridad"

 

Una amiga habla de la Cañada Real, hasta aquella noche de viernes ni siquiera sabía de su existencia. Su historia habla de chabolas, de miseria, de niños, de derechos negados… todo a menos de 30 kilómetros del centro de Madrid. Evidentemente la historia te conmueve, te toca, pero ya está, la vida es así, ¿qué se puede hacer? No vamos a ser tan ilusos de pretender hacer girar el mundo a base de tirar chinas… no se puede cambiar nada. Pero quizá no se trate de “hacer”, o “cambiar”, simplemente de arriesgarse… Arriesgarse a dejar que esa historia no pase desapercibida, no sea una más, dejar que te empape, abrir el corazón y actuar de acuerdo a él.

La Cañada se encuentra olvidada, es uno más entre tantos ejemplos en los que la humanidad, a fuerza de olvidarnos del significado que esta palabra encierra, nos vamos dejando de lado. Precisamente en los márgenes de Madrid surge este poblado chabolista, donde los niños, correteado a medio vestir con los primeros zapatos que encontraron, se lanzan hacia ti gritando tu nombre y dándole un significado que ni siquiera eres capaz de intuir...

Pero duele, duele mirar a los ojos de un niño y advertir su mirada perdida, lejana de una niñez que le correspondería vivir; duele ver a madres de mi edad que no se sienten agobiadas ante la toma de decisiones, pues no tienen demasiadas opciones entre las que elegir; duele ver miradas vacías, rostros cansados de una lucha que parece no tener fin; duele imaginar, intentar intuir su historia, lo que sienten y viven a través de las pinceladas que te dejan ver de su vida… Te das cuenta de tu torpeza, de tus infinitas limitaciones, de la injusticia que parece regir como única ley. Tomar conciencia de la propia debilidad, te lleva a confiar, a asentar la certeza de que Alguien vela nuestros pasos y camina a nuestro lado. Le ves escondido tras unos ojos cansados, disfrazado en sonrisas, le ves llorar y arrojarse en tus brazos, le ves caer junto al que tropieza y seguir adelante. Y aunque la razón se revele y quiera indignarse, aunque el cansancio te agobie y llegue el desanimo, al final del día sólo puedes dar gracias, porque tienes la suerte de intuir su dolor, de compartirlo en la medida que te es posible, de dejarte tocar y romper por una realidad que grita a tus principios a tus creencias y a todo lo que eres.

La Cañada duele y llena. ¡Qué paradoja que un lugar dónde se carece hasta de lo más básico, llene! Creo que te vas “llenando” de nombres impronunciables, de sonrisas, miradas, también abrazos, regalos a veces invisibles para ojos cansados. Te llenas de agujetas cada viernes por la mañana. El mundo parece detenerse al sentir el latido de tu corazón al compás de una mocosa que te abraza, se arroja en tus brazos conociéndote de apenas dos días, confía en ti… qué curioso que haga algo que ni siquiera a veces yo estoy dispuesta a hacer.

Te vas llenando, quizá simple y llanamente de humanidad, a fuerza de ir rompiéndote poquito a poco aprendes a escuchar tu corazón y a compartir lo que eres, pues no tienes nada más que ofrecer. Al final del día, la alegría, el entusiasmo, el dolor o la tristeza van pasando y quedan relegados como el sabor que deja la comida o como un sueño lejano… Al final del día, no importa tanto el sabor de lo que has vivido, pues en tu habitación a oscuras sólo queda la certeza de que al menos hoy, has arriesgado por Amor.

 

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Cañada Real: Donde habita el olvido (y la esperanza)

El poblado de infraviviendas más grande de Europa

El inframundo también existe a pocos kilómetros del centro de Madrid. En La Cañada Real Galiana, el poblado de infraviviendas más grande de Europa, viven 40.000 personas de diversas procedencias. Aquí no hay colegios, ni centros de salud, ni agua corriente y, entre los miles de menores, muchos están sin escolarizar. Las administraciones dan la espalda a esta realidad desalentadora, pero un grupo de voluntarios suple esa indiferencia sembrando un halo de esperanza entre los más pequeños. Es la única vía para romper la espiral de pobreza y marginalidad en la que están atrapados.

 

El frío helado y húmedo penetra hasta los huesos. Hoy las temperaturas bajo cero no dejan tregua. Varios niños corren descalzos por el barro. No tienen abrigo ni bufanda. ¿Estamos en otro país? ¿En otro continente? No. Este poblado de infraviviendas se encuentra a 15 minutos de la madrileña estación de Atocha. Es La Cañada Real Galiana, donde viven unas 40.000 personas en asentamientos ilegales levantados a lo largo de 15 kilómetros.

 

La diversidad de origen, culturas, idiomas y etnias dibuja un panorama complejo. Aquí han ido llegando personas procedentes del éxodo rural de los años 60, gitanos españoles, marroquíes, gitanos rumanos, narcotraficantes y drogodependientes. Cada grupo tiene delimitado su territorio y apenas se relacionan entre sí. A los lados de esta cañada de lodo se levantan chabolas, chalés de lujo con piscinas y hasta empresas. Jeringuillas por el suelo, basura y miles de menores de los que nadie tiene datos. Ni la Comunidad de Madrid, ni el Defensor del Menor ni UNICEF saben cuántos niños y niñas viven allí. Tampoco cuántos están sin escolarizar.

 

Mirar para otro lado

 

La Cañada Real es una vía pecuaria que se extiende por cinco municipios (Madrid, San Fernando, Getafe, Coslada y Rivas-Vaciamadrid). Como espacio protegido, los terrenos son de la Comunidad de Madrid, que tiene también las competencias en educación. Pero Esperanza Aguirre alega que es un problema de “orden público y ocupación ilegal del terreno”, por lo que es responsabilidad de la Delegación del Gobierno, que no se manifiesta.

 

Más allá de la ilegalidad de los asentamientos, deberían priorizarse los Derechos Humanos. “Tienen los mismos derechos que todos los ciudadanos, no se trata de hacer caridad”, afirma Billy, uno de los curas vinculados a la parroquia de Santo Domingo de La Calzada. Para él, el trasfondo es el problema general de acceso a la vivienda, que “ha sido un negocio y no un derecho”. Ángel, uno de los voluntarios, es igual de crítico. “Hemos invitado tres veces al Defensor del Menor; aún no ha venido. Un Madrid que se postula para ser olímpico y que dice ser La suma de todos no puede permitirse esto”.

 

Sin apoyo oficial, los vecinos intentan resolver problemas comunes de alcantarillado, recogida de basuras, acceso al transporte público y construcción de letrinas y parques infantiles. Como ellos dicen, “Se hace Cañada al andar”.

 

Estado ausente

 

En el interior de la infravivienda de Luisa, una gitana española, el fuego de una hoguera trae algo de calor para combatir esta insólita semana de nieve en Madrid. Estamos en lo que llaman La Cañada profunda, donde la situación está aún más degradada. – ¿De qué vivís, Luisa? – “Mi marido vende chatarra, pero está muy mal la cosa”. El kilo de chatarra se paga a 0,02 céntimos. Para sacar 20 euros al día necesitan vender mil kilos. Y para mover esa cantidad son necesarias cuatro personas, a las que hay que pagar. Si le restamos los gastos de gasolina, echen cuentas. ¿Y tus hijos, no han ido al colegio? “Hace mucho frío, están malos. ¡Cómo los voy a mandar, para que lleguen helados y sucios de barro”. No le falta razón. Desde aquí los niños tienen que andar casi un kilómetro y medio por un camino de fango, charcos y cables tirados hasta llegar al autobús que les recoge en la carretera.

 

Más vale encender una vela, que maldecir la oscuridad

 

En medio de esta situación desoladora de miseria y ausencia total del Estado es difícil creer en el cambio. Pero hace cinco años, la ermita de Santo Domingo de La Calzada resurgió, literalmente, entre la basura, para convertirse en el único punto de apoyo. En torno a la parroquia se ha creado un grupo de voluntarios que atienden, en la medida de sus posibilidades, a la población: desde llevar a un niño al hospital hasta acompañar a inmigrantes en la gestión de papeles, pasando por el reparto de comida o ropa.

 

“Más vale encender una vela, que maldecir la oscuridad”, dice Paco, uno de los voluntarios. Tienen muy claro que no deben suplantar las responsabilidades de la Administración y por eso han desarrollado un trabajo de denuncia y presión. “Esto es una vergüenza y una indecencia. En nuestras manos está que se convierta en un espacio humanizado y dignificado, hay recursos para conseguirlo, pero las autoridades competentes no tienen voluntad de hacerlo”. El que habla de forma tan contundente es Agustín, uno de los párrocos. Su implicación en La Cañada salta a la vista: allá por donde va, alguien le saluda. Como María, una gitana rumana de 33 años que tiene siete hijos y vive en El Gallinero. Aunque parezca surrealista, el AVE pasa por aquí.

 

María está algo esquiva, es lógico. “¿Para qué salir en la revista, para qué hacer fotos? ¿Eso me va a dar comida o ropa?”. Dice que los únicos que ayudan son los de la parroquia. Ayer le trajeron un kilo de carne, leche y patatas. También cuenta que en Rumanía la situación está muy mal. Viendo las dos camas en las que duermen los nueve miembros de esta familia, cobijados por el techo de chapa y madera, cuesta imaginarlo. –¿Peor que esto? –“Sí, aquí por lo menos podemos coger ropa de la basura”.

 

Unos metros más allá está la chabola de Verónica. Cinco hijos. Hoy preparan un cerdo desmenuzado en un barreño. Mejor no preguntar de dónde ha salido. Cuando la necesidad aprieta, a veces los pequeños hurtos y la mendicidad son las únicas formas de subsistir. Tampoco sus hijos han ido al colegio. Macarena, de Cáritas, intenta convencerla. “Verónica, si no hay fiebre, aunque tengan mocos y tos, hay que mandarlos al colegio”. Muchos de estos niños no saben leer ni escribir y apenas hablan español. A Bianca (11 años) no le gusta el cole. “No quiero ir, mejor en Rumanía”. ¿Y qué quieres? “Tener una casa grande”. Cerca hay una fuente en la que llenan garrafones con un agua que corta la respiración. “¿Quién puede lavarse en esas condiciones a las siete de la mañana para ir aseado al colegio o a buscar trabajo? Yo no lo haría”, se pregunta Agustín.

 

Por allí pasa Marian, un rumano alto y fuerte al que se le nota el desánimo en la cara. “Necesito un trabajo, lo que sea, me da igual”. ¿Tienes hijos? “Siete, espero que tengan una vida mejor que la mía”. Antes de irse pide otra cosa más: piedras en el camino para que los niños no se embarren. Parece que será la comunidad parroquial la encargada de llevar a cabo hasta las obras públicas. Lo cierto es que su labor de presión ha dado resultados. Pusieron una consulta en la parroquia con un médico voluntario. Después, la Comunidad de Madrid reaccionó y puso un servicio sanitario que atiende sólo en El Gallinero. La parroquia denunció que los camiones de basura mataban niños al dirigirse a Valdemingómez. Han dejado de pasar. Y cuando en 2005 la situación se empezó a deteriorar tras el desmantelamiento de otros hipermercados de droga como Las Barranquillas, los voluntarios también levantaron su voz.

 

Ahora el negocio se ha concentrado en La Cañada y no es de extrañar que la delincuencia, algún que otro secuestro y el tráfico de armas estén presentes. Hace seis meses la Agencia Antidroga ha puesto un bus de metadona. Muy cerca hay gente colocada, se pinchan alrededor de una hoguera que anuncia un punto de venta. Muchos vecinos se están marchando empujados por el avance imparable de este veneno. Pero no Catalina (86 años), que vive sola. Dejó su pueblo de Segovia hace cuatro décadas y se vino con su marido para trabajar en una granja de pollos. ¿Usted no tiene miedo? “No, dicen que nos van a realojar pero no me lo creo. Yo estoy bien aquí”.

 

Educación para romper el círculo. Es la población infantil la que más sufre este ambiente tan duro. Desde la parroquia se organizan actividades que les saquen de esa realidad, pero, sobre todo, se apuesta por la escolarización: el único camino para que tengan una mínima posibilidad de romper el círculo vicioso de la exclusión. No se trata sólo de aprender matemáticas o historia. La escuela también es un espacio para relacionarse y adquirir habilidades sociales. Pero la integración sólo será plena con una intervención social global. “Primero que se puedan bañar, que tengan ropa limpia y que desayunen. A partir de ahí, podremos avanzar”, señala Paco. “¿Cómo van a integrarse si no pueden pagarse las excursiones del colegio?”. De nuevo, la parroquia se hace cargo de cubrir esos gastos para que ningún niño quede marginado. Además, es importante trabajar desde el contexto social de cada uno. Agustín recuerda el caso de un niño que en el colegio orinaba fuera del inodoro. “Pensábamos que era aposta. Resulta que nunca había visto un váter y lo hacía por no manchar. Hay que intentar entender otras realidades y circunstancias para que los procesos de integración funcionen”.

 

Una puerta abierta para cambiar. Hay signos esperanzadores. Como que sólo en Rivas se ha logrado escolarizar a 600 niños de La Cañada. O como el proyecto Nido que está iniciando María José, de inserción de menores y búsqueda de alternativas económicas para las mujeres. El analfabetismo y la poca cualificación profesional les dificulta acceder a un trabajo. “A los 14 años las mujeres rumanas empiezan a tener hijos, no pueden ir a la escuela. Los cambios culturales son lentos, pero se pueden conseguir mediante la intervención social, no con la acción policial ni derribando chabolas”, asegura. Para Paco, esos cambios ya se están produciendo. “Lo estamos haciendo en el día a día. Cada vez que un toxicómano viene a la parroquia, se sienta y se hecha a llorar, ya hemos cambiado su realidad porque ha encontrado una puerta abierta”.

 

Otras cañadas reales

 

La población infantil de La Cañada Real Galiana no sufre problemas de desnutrición, pero sí de malnutrición por una dieta desequilibrada. En el mundo, existen otras Cañadas Reales, como las Favelas de Brasil o los arrabales de la India, donde la pobreza y el hambre se dan la mano. Conviene recordarlo especialmente este mes de febrero, en que se celebra, desde hace cincuenta años, la Campaña contra el Hambre. En el mundo, más de 900 millones de personas no tienen garantizado su derecho a la alimentación.

Más información: Ángel Castiblanque (695 792 211)

 

Fuente: La revista 21 (Febrero 2009)

 

La Cañada Real, el tercer mundo al torcer la esquina

 

A unos 17 kilómetros del centro de Madrid, en pleno año 2009, se sitúa el mayor asentamiento ilegal de España donde conviven en condiciones infrahumanas miles de personas en el mayor punto de venta de droga de la ciudad sin que hasta hace poco ninguna administración hiciera nada para remediarlo.

Por Emma Pinedo y Ben Harding

 

La Cañada Real Galiana es una antigua ruta pecuaria entre La Rioja y Ciudad Real cuyos 14,2 kilómetros dentro de la Comunidad de Madrid han sido ocupados y construidos - con viviendas más o menos dignas - desde hace décadas por personas que no podían permitirse vivir en otro lugar. Actualmente unos 40.000 individuos viven allí.

 

Como el terreno era público, las diferentes administraciones se pasaban la responsabilidad de unas a otras y mientras los asentamientos continuaban creciendo sin control en zonas próximas a los núcleos urbanos de Coslada, Rivas-Vaciamadrid y los barrios madrileños de Vallecas y Vicálvaro.

 

La Cañada Real tiene sectores, como el de Coslada, que están bien urbanizados, cuyos habitantes sólo carecen de los documentos que acrediten la titularidad de sus viviendas, y otros como el situado al lado de la incineradora de Valdemingómez, totalmente degradados.

 

Al llegar a este último, el panorama es desolador: A ambos lados de la calzada polvorienta hay chabolas junto a chalets con piscinas de los clanes de la droga y un ir y venir continuo de vehículos, algunos de lujo. A la derecha, junto a un descampado lleno de jeringuillas y 'yonquis', se encuentra la iglesia de Santo Domingo de la Calzada, cuyo párroco y voluntarios intentan ayudar a la gente de la zona.

 

'El deterioro mayor se ha producido (...) en los últimos cinco o seis años en relación con el tema de la droga', explicó a Reuters en una visita a la zona el párroco de Santo Domingo, Agustín Rodríguez.

 

'Aquí se fue quedando mucha gente atrapada que no tenía capacidad para irse a vivir a ningún otro lado. El problema después ha venido con el cierre de los poblados donde se vendía la droga. Se ha concentrado todo aquí', agregó el párroco, cuya iglesia tiene una cruz pintada por 'graffiteros' porque la que había de madera se la robaron para hacer fuego.

 

Rodríguez calcula, basándose en datos policiales publicados en medios de comunicación, que en la Cañada hay entre 40 y 60 puntos de venta de droga de los que entran y salen diariamente unas 250 personas. Esto supone unas 12.000 personas diarias.

 

DECIDIRÁN LOS AYUNTAMIENTOS

 

Pero no es solo el problema de la droga: los habitantes de esta zona de la Cañada carecen de servicios sanitarios y sociales básicos, no hay agua corriente, ni desagües. Hay miles de personas extranjeras sin documentación y cientos de menores, muchos de los cuales andan descalzos por terrenos llenos de jeringuillas, sin acceso a educación.

 

El primer paso de un largo proceso hacia una solución se dio a principios de este mes cuando la Comunidad de Madrid, los tres ayuntamientos afectados y la Delegación del Gobierno central llegaron a un acuerdo para desafectar la Cañada, es decir para regularizar los terrenos.

 

Ahora la Asamblea de Madrid tendrá que dar luz verde a una ley que regule el suelo de la Cañada, tras lo cual los consistorios deberán elaborar un censo de viviendas y habitantes y tendrán dos años para reformar sus planes urbanísticos e incluir la Cañada.

 

La Comunidad podrá enajenar, ceder o permutar los terrenos desafectados según lo decidido por cada ayuntamiento y paralelamente, todas las administraciones deberán abordar un plan social coordinado que contemple realojos, sanidad y educación.

 

Y aquí viene uno de los asuntos espinosos: qué hacer con los asentamientos, sobre todo en la zona más pobre de la antigua vía de trashumancia.

 

'A nosotros que nos quiten de aquí, porque aquí no te dejan vivir. Anoche eran las 5 de la mañana y sin poder dormir, con la música y eso es lo que tenemos', dijo Salvador, un jubilado que vive en la única calle de la zona de Valdemingómez con parcelas en propiedad, justo al lado de la iglesia. Quiere marcharse incluso aunque limpien la zona de drogas.

 

Dejando atrás la zona del tráfico de drogas y subiendo en dirección hacia Rivas-Vaciamadrid, se sitúa la colonia musulmana de la Cañada. Sus vecinos no están tan a favor del realojo, quieren quedarse allí, pero sin drogas y con sus papeles en regla. Otros temen por su futuro.

 

'No sabemos nada de lo que va a hacer el Gobierno aquí. Si va a echarnos de aquí sin nada o no', dijo Youssef, un mecánico de 32 años.

 

La situación es muy compleja porque hay familias con derechos adquiridos, otras cuya antigüedad en las viviendas es dudosa, ocupaciones ilegales y una zona bastante estructurada habitada principalmente por marroquíes.

 

Los marroquíes, que comenzaron a asentarse en la Cañada hace una década, sí cuentan con una serie de servicios básicos como agua, luz, tienen pequeñas tiendas de alimentación, y una mezquita y un centro cultural. Pero se quejan de que cada vez disponen de menos opciones por culpa de la droga. Por ejemplo: ya no para el autobús que les llevaba a Madrid ni les arreglan la calle.

 

'Supuestamente la ley española dice que en cada barrio tiene que haber un centro de salud, pero aquí no hay, ni escuelas, ni guarderías e institutos tampoco', dice Houda Akrikez, una joven de 21 años madre de un bebé.

 

Pero Houda quiere quedarse si se acaban los drogodependientes y tienen servicios.

 

'SE CEDE'

 

En la Cañada no se puede vender ningún terreno, porque la titularidad es pública, por eso los moradores escriben 'Se cede' con spray en las paredes de las parcelas de las que quieren deshacerse.

 

En la zona de Valdemingómez, el Ayuntamiento de Madrid ha avanzado que se seguirán los mismos criterios que en otras ocasiones, pero aún es pronto para determinar qué va a hacer con los terrenos que le corresponden.

 

No obstante, el alcalde, Alberto Ruiz-Gallardón, ya advirtió de que son circunstancias especiales y que sólo tendrían derechos de realojo quienes tienen su vivienda habitual en la Cañada y además carezcan de los recursos económicos suficientes para asegurarse una vivienda, de acuerdo con sus ingresos y patrimonio.

 

El padre de Houda, Ahmed Akrikez, un marroquí jubilado natural de Tetuán, vive en la Cañada desde 1983. En 1998 'compró' los derechos de una parcela de 300 metros cuadrados y allí ha edificado una vivienda para toda su familia.

Akrikez posee un documento de cesión donde pone que pagó 59.900 (aunque en el papel no se específica, se supone que son pesetas) lo que equivaldría a 360 euros: – “¿A quién pagó?”: “A la anterior 'dueña'”

 

En otras situaciones de realojo, se ha tomado como referente una ocupación mínima de cinco años, que no todos los moradores de la Cañada pueden acreditar.

El vecino de enfrente de Akrikez, Hammadi Aachboon, un marroquí de mediana edad, pagó 60.000 euros por una casa de dos plantas ya construida hace tres años. Antes vivía en La Cabrera, un municipio situado en la carretera de Burgos, pero se mudó a la Cañada para poder disponer de una vivienda más grande para toda su familia.

 

Si hoy se revisara su situación, Aachboon no podría acreditar la antigüedad necesaria. Él, como los otros 40.000 habitantes de la Cañada, tendrá que esperar a que se resuelva la maraña legal en la que se encuentra el asentamiento.

 

Fuente: elEconomista.es (Sábado, 8 de Agosto de 2009)